sábado, 7 de marzo de 2009

Adiós Yukito, gracias (mil veces, gracias)

Recuerdo que viniste un día de verano. Un sábado, probablemente.


Mi abuelo te trajo en su maletín. No podías medir más que mi antebrazo, echado y todo.

Al principio recuerdo que mi mamá se puso como loca porque lo que menos quería en ese momento era un conejo en el departamento alquilado, pero yo y Daniel nos emocionamos tanto que decidimos quedarnos contigo, apoyados por papá :)

Creciste más de lo que esperábamos (considerando que mi abuelo engañó a mi mamá diciendo que eras un conejo enano), pero igual te hicimos tu rinconcito en la casa, y salías al jardín o paseabas por la casa a tu antojo, siempre que no hubiera visitas de las cuales ocuparse primero.

Recuerdo que cuando comenzamos a descubrir qué podía gustarte, saltaste casi un metro para quitarme la panquita que yo tenía en la mano.

Solías escapar de las habitaciones por las rendijitas que hubiera al entreabrir la puerta, y lo descubrimos tiempo después (primero pensamos que eras la reencarnación de Houdini).

Desde los primeros años te acostumbraste a perseguirme por la casa y te memorizaste la ubicación de mi cuarto. Aún cuando cambiamos de casa, siempre ibas ahí, ya sea que me encontraras o no.

Un día nos dejaste sin internet. El pata de Telefónica tuvo que explicar por teléfono que "la mascota de la casa mordió el cable" y puso en la hoja: "avería debido a otros motivos".

Me mirabas fijamente cuando lloraba, y así me evitaste más tristeza de la estrictamente necesaria.

Gruñías cuando te toqueteaban demasiado.

Te rehusabas a la correa para gatos, de joven y aún entrado en años.

Te llevamos de vacaciones y a cada Héctor Match, donde eras el preferido de los niños.

Aprendiste a reconocer nuestras voces y no hacías caso de lo que mamá te ordenaba. Entonces te refugiabas conmigo o mi papá.

Te asustaban las voces agudas, los fuegos artificiales y mi hermano corriendo.

El color rojo te ponía como un torito, al punto que alguna vez atacaste a mi mamá y te lanzaste (tomando impulso) contra ella.

Te gustaba mordisquear las pantuflas con formas de animales (y los zapatos en general).

Te gustaba meterte bajo mi cama porque no podiamos sacarte de ahí a la fuerza.

Te parecía divertido correr alrededor mío, pasar entre mis pies y hacer que te persiguiera.

Te emocionaba el pasto y estar al aire libre, o siquiera mirar árboles.

Te encantaban las cosas dulces, aunque no siempre te dabamos.



Te alocaba la conejina gourmet y rechazabas la normal.

Con el tiempo, engordaste, y todo el resto de la familia te quería meter a la olla. Es que eras tan divino: ¡una bola blanca! ¡y tan escurridizo!




La última navidad, ¡te pillamos arañando los regalos!
(y fue chistosísimo perseguirte con la kodak para que después no quedaran dudas del acto delictivo)





Yo te prefiero recordar como todo lo anterior.







Hoy te despertaste recostado y así permaneciste un rato hasta que pude sacarte a comer.

Llevábamos días inventando métodos para que te volviera el apetito. Cuando volví de mi viaje, comenzamos las visitas al veterinario, y no pudo darnos demasiadas esperanzas.

Hoy por la mañana, no aguanté la pena y comencé a llorar porque después de una semana, todos mis cuidados parecían lograr pocos resultados.

Decidí que si querías permanecer todo el rato envuelto en tu mantita y sobre mis piernas, eso estaba bien, y hubo pocos momentos en el día en los que pude pensar en otra cosa.

Al salir por 15 minutos, dejé el mp3 en la casa porque me necesitaba a mi y a mi silencio.

Al recibir buenas noticias, contesté con monosílabos, ruidos raros y un adiós extremadamente corto. Quería volver para cualquier cosa que necesitaras.



Hoy, alguien o algo (por atribuir la suerte a algo externo a mí) quiso que estando todos los demás fuera de casa, dejaras a la familia.




Era de noche y te acababa de recostar sobre mis piernas.

Te deje dormir un rato.

Diez minutos a solas, los únicos diez minutos que estuve completamente sola en la casa durante ese día. Y entonces tal vez tú decidiste que era momento de partir... Hoy, un viernes solitario, delante mio y de nadie más.

¿Y sabes qué es lo raro? Me parece que te despediste (o eso quiero creer). No sé como explicarlo, no se si deba explicarlo. Pero, OK: mensaje recibido.




A veces esperas con fe que todo quede igual, cuando lo único certero es que todo puede cambiar en un instante.




En un sueño o en la realidad: gracias Yuki, 6 años no hubieran sido lo mismo sin tu compañía.



Te quiere,

Nata