miércoles, 25 de febrero de 2009

Infiltrada

No sé como (mentira, sí sé).

No sé por qué (porque soy una curiosa y una adelantada de miércoles, por eso).

Pero terminé metida en la reunión de trabajo de mi madre, y a estas alturas ya deben saber que mi madre trabaja en la misma vaina en la que io quiero meterme.

Así me conocieron como la novata y comentaron mientras explicaba en mi presentación por qué una estudiante había decidido meterse a la reunión súper secreta en el Convenio Andrés Bello y no quedarse a esperar en el lobby: "donde te aburras menos (risas)" y "bueno, que haya decidido meterse es una buena señal, ¿no? (risas)".

Y no es que me meta por la vara (que no me van a dar, de todas maneras), o por la monería (que de monería no tiene nada esto, más estigma no me pueden hacer), de veras me metí sin forcejeos y por curiosidad.

Y ahí vi mezcolanza de perfiles: publicistas, periodistas, sociologos, ingenieros, politólogos y comunicadores para el desarrollo, todos atentos a quienes explicaban la estrategia del proyecto al cual se debían articular los otros.

Todos hablaban en base a la realidad explorada en los proyectos y la estrategia planteada. Todos hablaban desde la práctica, desde algo concreto y probado. Y yo ahí, pura teoría, dije: "este es el lugar para aprender".

Me sentí uniendo los cabos, recordando mis clases (que, nadie puede creerlo, en verdad me ayudaron a comprender hasta lo que mi madre explicaba a la concurrencia), tomando notas y pensando críticamente como dar vuelta a la propuesta (con resultados sorprendentemente creativos), nutriéndome con los comentarios de otros con 10 o 20 años más de experiencia sobre sus hombros, escuchando asombrada como el proyecto tomaba otra forma a la luz de lo que se narraba de ese otro país en cuya capital me encontraba.

A la hora del almuerzo, dos chicas jóvenes se sentaron junto a mí. Una era periodista y otra publicista. Querían decirme que les parecía riquísimo que haya decidido quedarme en la reunión, y que pocos tenían la misma suerte tan temprano en la carrera (tanto por decidir que Desarrollo era EL tema y porque me encontraba metida en uno de LOS círculos para aprender al respecto).
Las dos procedierona contarme como ellas terminaron en esta vaina de Comunicación para el Desarrollo (historias que incluían desde el súbdito despertar y el llamado moral frente a la industria del escándalo hasta la CVR). Al principio medio azorada porque un profesor (al que vi desde pequeña) escuchaba a pocos asientos de distancia, conversé y conté mi propia relación con la carrera. Para mi sorpresa, la periodista y yo teniamos harto círculo social en común (en serio HARTO, hasta infancia en común), y comenzó a relatarme breves experiencias que ya había tenido con la movida de las radios en Argentina ("uuuy, yo quiero", pensé).

Fue especial, nada aburrido y en extremo productivo. Y sentí, como cuando era pequeña, que volvía jugar entre adultos.

La jornada de dos días terminó una tarde de rayos y truenos en Bogotá. Tres peruanos (mi profesor, su asistente y yo) nos paramos frente a la ventana maravillándonos como turistas japoneses (yo peor, porque me conocen con mi kodak) mientras la gente iba haciendo evaluaciones de último minuto o despidiéndose de todos.
Me dijo un profesor: "Como hoy, voy a hacer que te presentes siempre, para que se te quiten los nervios (risas)", sabiendo que probablemente el gusto por las reuniones de comunicadores lo había agarrado en casa de Rosa y que me iba a ser muy útil volver a infiltrarme ahora que el panorama de reuniones de mi madre se había diversificado.

Las dos chicas que me acompañaron durante el almuerzo me dijeron "Bienvenida". Por segunda vez, desde que alguien me tomó de los hombros para decirme lo mismo, lo sentí sincero.

jueves, 19 de febrero de 2009

En Monserrate, lejos del oxígeno

Un buen sábado, después de recorrer todo el centro (agréguese norte y sur) de Bogotá, Dionne nos llevó a conocer Monserrate, uno de los dos cerros más llamativos desde la parrilla bogotana.

Nos tocó un día espléndido, medio soleado, en contraste con el clima de la noche anterior, cuando regresé peor que si me hubiera quedado fuera del arca en los 40 días bíblicos (por esos días también granizó, para que tengan una idea). Entonces, mis zapatillas se mojaron y era imposible utilizarlas.

Pensé: "Bueeeeno... Me pondré mis botas taco 7 para subir al Monserrate, hay que decirle a Dionne que mejor nos vamos por el teleférico".

Pero cuando llegó, la vi tan deportiva y animada (y literalmente saltando) que no tuve cara para pedirle que en vez de hacer una hora de caminata, nos ahorraramos el esfuerzo y tomemos el teleférico para llegar en 5 minutos.
De todas maneras, Dionne no hubiera atracado... ¬¬
<--- Lo dejamos para el regreso :P
La niña resultó una deportista confesa y consumada.








Tras esa inocente sonrisa y posería inconfundible de mi guía bogotana, se esconde una masoquista en potencia
(de ejercicio, digo).







Ay Dionne... Si me hubieras dicho desde el principio la cruda verdad (respecto a lo que iba a sufrir en las próximas dos horas), hubiera llorado desde que bajamos del taxi.


Nata: "Será pues... Media hora de subir escaleras".
Dionne: "Una hora, más o menos, vengo acá cada 8 días y lo subo a trote".
Nata: ("Damn it! Me mató con esa".)

Bajamos del taxi y busqué el cerro más allá de los ambulantes y los puestos de comida... Ahí estaba el Monserrate, mirándome despectivamente desde sus 3210 m.s.n.m... Y io tan diminuta con mis 1.50 m. (1.55 m. con botas).



Pensé: Dolor... Será. Ya estoy aquí... ¡Sí se puede! (irónico, considerando que media hora después insistía en que no podía más)
Poco sabía sobre lo que sentiría en las siguientes 2 horas...

Pero vayamos por partes.

Me pasé días buscando una foto que reflejara el dolor:


Los edificios más altos en Bogotá tienen entre 38 y 42 pisos... Creo que alguno está en la foto, y es más pequeño que el Monserrate :P

Contra el pronóstico de aquellos que me conocen desde la más tierna infancia y saben que apenas soportaba 2 vueltas a la residencial San Felipe, pueden sorprenderse (de manera chocante) porque subí 570 m., a pie y con botas de taco 5 :D


Media palteada, comencé el recorrido, suplicando por parar, agua, fruta o mi crucifico en el camino. Deseos, todos, que Dionne me negó (salvo el agua, cuando no me veía).

Diez minutos después de empezar, y viendo que al ritmo de 1 escalón cada 10 segundos íbamos a llegar con hora peruana, Dionne me agarró de la mano y Estela hizo lo mismo con M, las dos amazonas obligándonos a subir cuesta arriba a riesgo de rompernos el brazo o tener que llevarnos con el equipo de oxígeno más cercano.


En el camino:

  • Tomé 3 fotos.
  • Me acabé mi botellita de agua.
  • Hubo sangre (no mía).
  • Dionne siguió jalonéandome (lo que salvó mi vida, porque en una de esas casi me caigo por el costado del camino).
  • Un pata se acercó a decir que si no quería subir con él tomados de la mano... Y terminó con mi paraguas en la cara.
  • Casi nos roban. Pero yo estaba en otro mundo, con mucho dolor.
  • Vi a un niño balbuceante que subió todo el Monserrate solito. ¡El mocoso ni podía hablar bien (debía tener, por su estatura, unos 6 años) y caminaba a paso más constante que yo (hasta que se cayó hacia atrás y lo cogí a tiempo)!
  • No vi a nadie subiendo de rodillas.

Wait.


Dionne: "Que raro, hoy a pesar de que es fin de semana no hemos visto a alguien peregrinando y subiendo de rodillas".
Nata: "Oe, ¿no me has vist0 a mi subiendo con las manos y arrodillada?"


Las dos horas que demoramos subiendo el Monserrate tenían ahora nombre y apellido, y en la cima escuchamos en el restaurant que amenazaban con cerrar la vía pedestre porque habían habido accidentes debido a deslizamientos.

Subir el Monserrate o morir en el intento...

Wiu.


El almuerzo en la cima valió la pena, todo el dolor y el soroche.


Arriba:

  • los "ya llegamos, en 5 minutos" de Dionne
  • postre de lulo
  • bolso de colores
  • miles de bocaditos cuyo nombre no recuerdo
  • mi rosario
  • postales
  • fotitos
  • mi pelotita antiestrés
  • el salpicón de agua santa en la iglesia
  • la comida típica en el Santa Clara
  • la bajada en teleférico

Recuerdo la vista espectacular, el no sentir vértigo mirando hacia abajo, la impresión de andar entre las nubes, la falta de oxígeno, mi coca cola, el piano en el Santa Clara... Recuerdo que se repetía a cada rato que si subias con novio, la relación no duraba... Y a Dionne comentando que efectivamente eso pasó con su madre y luego un "Bueno, subo con mi marido... Que la sufra cuando ya no puede escapar de mí XD"

Y cuando, en la cima, le tomé cariño a mis botas:

¡¡¡Estas botas subieron al Monserrate!!! (Yeah)

sábado, 14 de febrero de 2009

Carta de la viajera poco frecuente (primer día en Bogotá)

Confesión absurda, infantil, telenovelesca o bastante tonta para quienes sean viajeros más frecuentes que yo.

A las 8 de la mañana desperté contentísima de que ese día por fin saldría del país hacia Bogotá.

M no logró convencerme de que el clima era horrible (pese a que lo es, a mi me resulta encantador), y salí... Con mi capri, mi polo amarillo patito (a tiras y veraniego con descaro), mi casaca jean, mi chalina azul, botitas (de taco 7) marrones con hebillas, y un bolso que según M nadie querría robar.

Atravesando Lima, desde Jesús María hasta el Callao (y tratando de memorizarme las líneas de transporte para hacer algo útil) me di cuenta que iba a extrañar Lima la horrible durante 6 días que no sabía si se me iban a hacer muy cortos o muy largos...
Y llegamos al Jorge Chávez. M dice que nuestro aeropuerto no tiene nada que envidiarle a otros en Ecuador, Bolivia y Colombia (aunque solo acabo de ver el de Bogotá... Si pues, nada que ver XD)... Así que arriba Perú (L)

O sea. Hello? (noooo, prometo nunca más decir eso)




D1 y D2 nos dicen que nos extrañaran y que nos cuidemos harto, y D2 reclama recuerdos. Le sobo la cabecita al enano (pobre iluso XD)

Después de pagar el impuesto con el que me daban ganas de ser niña buena por el resto del viaje y pasar por la vergonzosa experiencia de quitarme MIS BOTITAS (y mi casaca, y otra cosa por unos insignificantes trozos de metal) frente a unos gringos que se quedaron medio palteados, creo que la peor parte durante la revisión se la llevó, no la señora que tuvo que botar la crema que llevaba en el bolso, ni el pata a quien después de quitarse la taba le vimos la media con hueco (si hubiera tenido un celular con cámara...), y obviamente no yo (que sufrí un disgusto público, pero no me sublevé porque era igual para todos), sino el chino que gesticulaba molesto y echádose gotas de un frasquito a los ojos. Imagino que tuvo algo que ver con esas eran gotas medicadas y los del chequeo querían que las botara porque no se permitía el transporte de líquidos en los equipajes de mano... Y las gotas son líquidas XD (compasión, nadie lo entendió hasta que pasaron 10 minutos y tuvo que abordar)


Pasamos (sin comprar nada) por el Duty Free que nada tiene que envidiarle a otros aeropuertos (como el de Bogotá, Ecuador y Bolivia para empezar, así que arriba Perú) y abordamos el avión en la última llamada.

Después de abordar por la manga y estar sentada una media hora en el avión hasta que al piloto se le ocurrió sacarlo a pasear por la pista... El vehículo comenzó a tomar velocidad y despegó.


El piloto pidió apagar todos los aparatos electrónicos a riesgo de malograr el avión en el intento de despegue :P así que me aguanté el mp3 un rato y cerré los ojos.


¿Han cerrado los ojos un rato, mientras el avión despega y algunos a tu alrededor se agarran con devoción al asiento? Yo sí. Algunos, si se concentran bien, dejan de sentir el asiento bajo ellos. A otros se les tapan los oidos por completo (a mi un poquito). Yo digo que puedes sentir la presión un poco más. Es una sensación para la cual creo en verdad que vale la pena concentrarse y tragarse los otros sentidos. Imagino que esa es la sensación al subir a una montaña rusa (solo que cuando haga esto último seguramente será más rápido, se repetirá la sensanción en cada vuelta y en cada una gritaré cosas profanas).


Cuando abrí los ojos, estuve mirando un rato la ventana, viendo Lima desaparecer y luego de un rato dejé de ver tierra o mar. Me entretuve viendo la forma de las nubes un rato, y luego me di cuenta que de rato en rato el piloto inclinaba el avión y podía volver a interpretar cualquier gráfico en las nubes.


Las azafatas comenzaron a pasar la comidita (el diminutivo no es en vano) y después M se dedicó a leer El plan infinito mientras yo veía un capítulo repetidazo de CSI Miami por la pantalla del avión. A la mitad decidí cambiar el doblaje español por el audio original en inglés porque me aburría. Media hora después retomé un libro que había traido con la esperanza de terminar en Bogotá, y por supuesto terminé bien dormida, con el mp3 en suffle y mi librito de Lo que el viento se llevó leido hasta la mitad y bien cerrado dentro de mi bolso.


Después de pelearme un rato con la envoltura del caramelo de Taca que la azafata me ofreció, el piloto pidió que todos apagaran (de nuevo) celulares, mp3, laptops y cualquier aparatito electrónico que pudiera cruzarle los cables al avión.


Llegamos en una tres horas, me parece. Después de anunciar (veinte minutos antes de aterrizar) que la temperatura iba a ser de 19º en la ciudad (le saqué la lengua a mi mamá), bajamos y llovía a cántaros (y ella me sacó la lengua a mí). Imagino que la venta de paraguas debe ser todo un negocio, porque vi muchos y de muy vivos colores, pese a que al terminar el día no he visto ni una sola tienda (me pregunto donde se esconden).




Quiero uno :D



En el taxi (que nada tiene que ver con lo que nos encontramos saliendo del Jorge Chavez), comencé a escuchar truenos, que no eran las bocinas de los carros particulares, taxis o micros, a eso de las 3:30 de la tarde. El cielo estaba nubladísimo y habían unas cuantas rendijas que permitían al sol asomarse. Llovía a cántaros, y Bogotá nos dió la bienvenida en medio del silencio de su transitada carretera.







Así no. Estaba peor cuando llegué, pero me encanta. Preguntenle a M, yo no paré de sonreír en todo el trayecto al hotel. Vi una Lima, como la quise siempre, ordenada, y donde, en un mundo ideal, mi piel no se quemaría con salir cinco minutos a la calle, las bocinas de los carros no me reventarían los oidos y no correría el riesgo de 50-50% de ser atropellada camino a la PUCP.



Antes de terminar de marearme con la numeración de las calles (en Bogotá no se les conoce con nombres, sino con números) y después de que ver tres custers consecutivas me recordaran al transporte limeño (soy inaguantable con la nostalgia, lo sé, extraño mi Cocharcas y hasta mi 505), llegamos al hotel y aunque cuesta un ojo de la cara, M parece dispuesta a engreírme (hasta que sus amigos bogotanos le pasen referencias de un hotel igual pero más barato). Mientras, aprovecharé el wireless, el gimnasio, el sauna y el restaurant interno (donde cocinan rico y el chef es carismático) ... :D (y recordaré que la felicidad es efímera)

¿Qué puedo decir de los bogotanos? Sonrien como si fueran felices y/o les pagaran bien. Yo también sonreiría si en Lima hubieran tantos malls, una red de bibliotecas públicas envidiables e igual número de librerías, y si para una muestra de museo cobraran tan barato y se trabajaran con focus groups hasta para los colores. No puedo rajar de ellos, su acento y expresiones, tan alegres, tan positivas y con las ganas de festejar hacen que lance gracias a diestra y siniestra.
El jefe de M fue amable y nos dio pistas para turistear sin perder el tiempo, pero aún esperamos que una amiga llegue de viaje para que nos guie por su ciudad. Confio en Dionne, cuando crezca quiero ser como ella XD (ayyyyy, si la vieran, es la mejor exponente de la mujer colombiana)

Por la tarde paseamos por la Zona Rosa, que es una zona de concentración de centros comerciales y varias tiendas de ropa. Parece zona tranquila, y apenas pones una patita sobre la pista, todo carro se detiene para dejar pasar al transeunte. Salvo por el ocasional emo, seguido por un metrosexual exhibicionista y el metalero de turno, me pareció un punto de encuentro perfecto, seguro y transitado para quienes salen de compras a altas horas de la noche.

M insistía en agarrar la cartera (esa que dice que nadie me roba) como si nos encontraramos en el centro de Lima y en mirar por el hombro como si nos movieramos en callejones oscuros. Yo, mientras, avanzaba tarareando, a pasito de vals y con mi bolsa de compra en la mano derecha, a vista y paciencia de los choros inexistentes. M me miraba horrorizada. Yo la abracé fuerte por comprarme mi vestido blanco por fin (después de medio año de súplica).

En el hotel, volvimos a empacharnos con una cosa que es como un panqueque recién salido de la sartén acompañado con helado de vainilla, algo de fruta y harto almibar de fresa. Las ideas gastronómicas fluyen con fuerza, y no espero encontrar nada que se compare con la cocina peruana en los tan reseñados restaurantes de las zonas G y T.
Por la mañana iremos a algo cultural, a las catedrales, a Monserrate, a media tarde tal vez ya haya persuadido a M de llevarme a la montaña rusa, y casi por la noche definitivamente iremos a comprar libros en Bogotá (capital mundial del libro, según la UNESCO) :D

Y así, el frío nocturno de Bogotá me invita a arroparme rápido con las mantas de la cama y a escribir una carta sincera. M se ha quedado dormida viendo la tele y descansando del trabajo por primera vez en mucho tiempo. Por mi parte, me distraigo en el dilema de la ducha fría o caliente por la mañana. Aún cuando ponga el agua caliente, es muy probable que al salir me moje con la lluvia o me humedezca con la neblina eterna de esta ciudad.

Buscaré Macondo, lo juro, aunque estoy segura que no lo encontraré en Bogotá. Iré al Centro Cultural Gabriel García Marquez, y si me encuentro con Gabo te saco tu Cien años de soledad con la firma, E. Buscaré licor de café, lo prometo compañeros, y lo encontraré! (y después lo tomaré con pisco). Tomaré fotos a las colombianas más espectaculares, aunque a los cinco que me las pidieron tengo que decirles que no guarden muchas esperanzas porque hasta ahora no he visto algo de alto impacto (tengan la seguridad que mi kodak está lista y dispuesta, y siempre a la mano en mi bolso).

Me acabo de enterar que D2 preguntó a M cuando podría viajar él fuera del país. M le respondió que cuando tengas 20 como tu hermana XD
Yo espero que no tenga que pasar tanto tiempo para que vea el mundo, conozca otras culturas, escale Macchu Picchu (que ya hace un año reclama el enano), un bar extranjero o se pueda subir a una montaña rusa (made in anywhere but Perú).

Me quedan 5 días más en Bogotá, pero probablemente pasearé bien solo los primeros 3. M tiene que ir a eventos de día completo después.
Mientras tanto, quiero salir a comprar un paraguas que sea solo mio, rojo y funcional XD

jueves, 5 de febrero de 2009

Sueños bizarros (I)

Saliste de mi cabeza una tarde que peleaba con el álgebra.
Mi cuarto tenía otro orden. Solía sentarme en mi cama a estudiar.
Me lancé a soñar despierta un par de minutos, a descansar.



Estaban los muebles rojos, los que acababamos de comprar en mi casa.
Estaba la pared amarilla, cuando en ese tiempo aún la teníamos blanca.
Estaba la paz, la quietud.
Estaba mi traje azul. Estabas tú.


Estabas sentado y esperando a que terminara de hablar por teléfono.
Tenías puesto un traje. Me desconcerté.


No podía salir, por más que tratara.
No podía darle continuidad a las escenas.
Todo se presentaba como retazos de una vida que no conocí.


Leías un periódico en mi sala, por razones que desconozco.
Yo andaba feliz por el pasillo y te di un beso en la cabeza.
Volteaste, adorable, con una sonrisa sorprendida.
Te ganaste un beso más.


Se abrió la puerta y yo entraba con una bolsa de mercado.
Casi atropellándome, habían dos figuras pequeñas que entraron tras de mi.
Entré con dos niños a quienes no reconocí en ese momento, sino años después.


Jamás imaginé que algún día me toparía contigo.


Pero, y que tal si ese no eres tú.


Todo lo que sé es que mi sonrisa se sentía la misma,
que los colores eran similares,
que me quedé mirando pasmada la figura quieta y seria en medio de un salón oscuro,
que de pronto se hizo silencio en mi cabeza,
que entrecerré los ojos, incrédula
y que si hubiera podido, me hubiera parado a voltearte la cara,
feliz ante la posibilidad de reconocer en esa persona a un hombre que vi fugazmente en un sueño, que por alguna razón asocio a las sonrisas, hace ya demasiado tiempo.


Y si ese no eres tú... Creo que nunca lo sabré.


Yo solo sé que te vi un día hace mucho tiempo, imaginando cosas,
y que ese día comencé a armar una cajita azul de recuerdos.


Desde ese día, sonreí con otra sonrisa.