martes, 2 de febrero de 2010

Fragmentos de una crónica intercultural

... De la que estoy bien orgullosa, pero quedó bien larga XD
No importa Ana, sacamos cuanto? 18? 19? y nos mantuvimos a punta de tacacho con cecina durante 3 días :D!



De la selva, sus trocitos:
experiencia intercultural bien taipá en una calle de Lima



“Le hace bien pues, tiene bastante hormona femenina.”

No pudimos contener rostros de sorpresa coordinados.
El cómo llegó el helado de aguaje en buen estado al puesto de aquella feria de Jesús María no nos importaba. Se nos hacía más curiosa la línea con la que nos lo promocionó la vendedora.

El helado de aguaje, uno de los más delicioso recuerdos de nuestro tour, está hecho a base de un fruto que crece en palmeras de la Amazonía llamado Mauritia flexuosa. Éste es rico en proteínas, grasas, vitaminas, carbohidratos y, efectivamente, hormonas femeninas (fitoestrógenos) a las que tradiciones amazónicas les atribuyen el aumento de la belleza femenina.

Si el primer acercamiento a las comunidades amazónicas en Lima fue indirecto es porque, de acuerdo a nuestras fuentes, fuera de las fechas principales en la Amazonía, los migrantes no solían integrarse alegremente más que en contadas ocasiones. Se había vuelto un reto encontrar el punto de encuentro de la comunidad a principios de noviembre sin que un solo club departamental nos diera la razón y, siguiendo con las pistas desalentadoras, nos dateaban que incluso entre grupos migrantes de las mismas zonas era común encontrar roces internos. Así fue como, vagando por los clubes departamentales y la Lima de ferias y mercadillos, seguimos las pequeñas pistas que nos iban soltando y encontramos una selva dispersa que se reunía alrededor de pequeños santuarios gastronómicos.

(...)

De la selva, sus vestigios

Nada más pasar la estrecha entrada llena de humo, nos dejamos de sentir dueñas del aire y del sonido. Dejamos de conocer los olores y los colores fueron reduciéndose a una selecta gama de verde y amarillo. Encontramos animales disecados, parientes de algunos que ya conocíamos, y el más diverso uso de las plantas como decoración. Halloween, con calabazas y globos naranjas reventados, había pasado casi desapercibido en un rincón del amplio espacio.

A pesar de sentirnos cercanas física y mentalmente con las calles circundantes, ese espacio en la calle Luna Pizarro nos hizo entender que una matriz cultural distinta había echado raíces.

El lugar era más o menos por el cruce de Luna Pizarro con 28 de Julio en La Victoria, a dos cuadras de la Plaza Manco Capac y a unos pasos de la calle Renovación. Vemos calles llenas de vendedores de comida ambulantes, restaurantes, DVDs y CDs de música, y empresas de transporte. De los datos mencionados, el último resulta el más curioso. La presencia de empresas de transporte resulta no poco importante para explicar la naturaleza de los negocios en los alrededores y la presencia de trocitos de la selva en esta zona de Lima.

Habría entonces que especificar que son agencias con ruta directa a la selva las que abundan en este espacio. Los nombres León de Huánuco Transmar y Estrella Polar son los que suenan entre voces charapas, entre taxistas y recién llegados, pues son algunas de las empresas que anuncian, en más de un local, sus servicios de bus cama y servicio presidencial.

En el interior de las terminales, los pasajeros bajan de los carros con bolsas de mercado y no maletas. Se viaja ligero, sobre todo cuando se traen productos de la selva.

La propuesta terrestre es más o menos osada: se llega hasta Puerto Maldonado, Pucallpa, Iquitos, Juanjui, La Merced, además de otros 10 destinos, generados por la enorme demanda. El viaje se hace, según dicen, con la música de Juaneco y su combo, indiscutible embajador musical de la selva y personaje que ha calado hondo en el subconciente de las comunidades de la selva. Los CDs los encuentras disponibles en los alrededores de las terminales, al lado de otras bandas como Los Tigres de Tarapoto, Wilindoro y su combo, Kaliente de Iquitos, y Los Dexter de Uchiza. Las esquinas se llenan de música a petición del potencial cliente, el mismo que puede escoger, además, entre una gama de DVDs de documentales, de videos musicales e incluso de corte espiritual, todos relacionados con la selva.

Habíamos llegado a lo que desde fuera tenía fachada de mercado, pero que por dentro era, de hecho, la sede de más de seis negocios de comida amazónica que competían todos bajo un mismo techo. El lugar de buena cocina, sin mayores pretensiones, y con harta clientela, al parecer que no aguantaba ni un alfiler más hacia el mediodía. Entonces, el jalador entra en escena y te ubicaba en la mesa de la zona que le conviene en donde quedas a cargo del mozo.

El extranjero queda a merced de su sapiencia y simpatía, y se distingue por preguntar primero en qué consiste cada plato, aprovechando la paciencia del servidor.

Los precios, entre los 13 y 30 soles por plato, sugerían una clientela (abundante, por cierto) que podía pagarlo. Estos personajes, por otro lado, no ocultan su dejo, lucen (algunos) con orgullo collares de semillas, siendo estos los únicos elementos externos que permitirían diferenciarlos del montón tratándose de otro espacio.

Todos entablan abierta y amena conversación con la vendedora de abalorios ambulante, quien no parece molestar a los comensales diestros en el arte de comer la variedad gastronómica de la carta sin precios.

La cumbia de Kaliente a todo volumen hizo que prestáramos atención a la letra de esa canción y las siguientes durante toda la velada, con lo que nos dimos cuenta que en la música amazónica no hay lugar para tristeza.

Quienes llegan ahí, familias numerosas y parejas jóvenes con hijos balbuceantes, llegan a experimentar la verdadera comida amazónica. El ambiente tenía un valor agregado, pues recreaba con cuadros las aspiraciones de una ciudad amazónica ideal. Además, era claro que la clientela estaba conformada por caseritos o, por lo menos de gente muy amistosa que llegaban a tutearse con los mozos, jaladores y cocineros. Aunque es imposible afirmar con total certeza que todos se conocían entre sí, una buena cantidad de grupos se buscaban mutuamente al llegar, lo que convierte a este espacio en un punto de encuentro con paisanos.

Finalmente, nos dimos cuenta de que cada lugar que visitamos tenía una conexión gastronómica. Entre parada y parada, lo que pasó fue que, víctimas de un hambre oportunista, lo único constante en cada encuentro, aparte del aguaje, fueron el tacacho con cecina y la zarza de cocona. Era lo que siempre había, era para lo que siempre nos alcanzaba. Con el apetito de cómplice, concluimos que desde que el forastero se abre a la experiencia, ésta se convierte en un vínculo válido para el nativo de la cultura que disfruta de tal experiencia. Efectivamente, después de comer siempre nos respondían mejor.